DISCAPACIDAD, CAPACITACIÓN y TRABAJO: Una BECA NO ALCANZA. La Editorial de Antonio Araque.
Hay noticias que parecen pequeñas, pero que en realidad nos obligan a discutir algo mucho más grande.
La Ciudad de Buenos Aires extendió hasta el 31 de agosto la inscripción a las becas destinadas a personas con discapacidad que se capacitan para mejorar sus posibilidades de acceder a un empleo.
La medida puede ser bienvenida. Y, por supuesto, toda herramienta que ayude a una persona con discapacidad a capacitarse, formarse y acercarse al mundo laboral merece ser acompañada.
Pero desde éste espacio tenemos que hacernos una pregunta incómoda:
Alcanza con capacitar a una persona si después no existen oportunidades reales para trabajar
Porque una beca puede ayudar durante un tiempo. Una capacitación puede brindar conocimientos. Un certificado puede acreditar capacidades.
Pero lo verdaderamente importante es que esa persona pueda decir:
“Tengo una discapacidad, pero también tengo derechos, capacidades y posibilidades concretas de trabajar.”
Y ahí está el verdadero desafío.
La inclusión laboral no puede ser solamente una palabra bonita utilizada en los discursos oficiales. Tiene que convertirse en una política pública concreta.
Porque detrás de cada persona con discapacidad hay una historia, una familia, un esfuerzo enorme y muchas veces años de luchar contra barreras que no tienen absolutamente nada que ver con su capacidad.
Barreras físicas.
Barreras burocráticas.
Barreras económicas.
Y, quizás las más difíciles de combatir, las barreras de los prejuicios.
Por eso, cuando hablamos de capacitación laboral para personas con discapacidad, no deberíamos estar hablando solamente de una beca.
Deberíamos estar hablando de empleo registrado, salario digno, estabilidad, accesibilidad, formación permanente y verdadera igualdad de oportunidades.
Porque capacitar a alguien y después dejarlo afuera del mercado laboral es una contradicción.
Y acá aparece una cuestión que desde nuestra mirada previsional tampoco podemos ignorar.
Muchas veces una persona con discapacidad termina dependiendo exclusivamente de una prestación, una pensión o una ayuda estatal porque el mercado laboral nunca le abrió verdaderamente las puertas.
Y atención con esto:
Una prestación social es un derecho. Pero el trabajo también es un derecho.
No tenemos que elegir entre una cosa y la otra.
El Estado debe garantizar protección social cuando corresponde, pero también debe generar las condiciones para que quien pueda trabajar tenga la posibilidad concreta de hacerlo.
Por eso, desde ésta columna, celebramos toda iniciativa que apunte a la capacitación y a la inclusión.
Pero también exigimos que el próximo paso sea mucho más ambicioso:
que la capacitación termine en empleo.
Porque una sociedad verdaderamente inclusiva no es aquella que solamente entrega una beca.
Es aquella que consigue que una persona con discapacidad pueda estudiar, capacitarse, conseguir trabajo, cobrar un salario digno, aportar al sistema previsional y construir su propio proyecto de vida.
Ese es el verdadero significado de la inclusión.
Y mientras sigamos confundiendo asistencia con inclusión, vamos a estar solucionando solamente una parte del problema.
Una beca puede ser el comienzo.
Pero el objetivo final tiene que ser mucho más grande:
TRABAJO, DIGNIDAD Y DERECHOS.
Porque detrás de cada expediente, de cada pensión y de cada beneficio, hay algo mucho más importante:
hay una persona que merece ser escuchada y respetada.
Asesor Previsional Prof. Antonio Araque





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